Treinta y cuatro años esperó Deportes Iquique la noche de ayer. Treinta y cuatro años para disputar tres puntos en suelo internacional. En esta ocasión, un duelo válido por la Copa Sudamericana y en frente del reconocido Nacional de Montevideo.
Dos goles de ventaja, un arco sin recibir goles y una victoria como visitante en la última jornada del torneo local. Antecedentes que junto a los cerca de 100 hinchas iquiqueños que viajaron al Uruguay, respaldaban al equipo antes de pisar la cancha del Estadio Centenario.
Y precisamente, ese paso se dio mal. La presión, la cancha, el árbitro, el palo, los goles, la historia, la suerte… La mala pata del chileno, siempre se hace presente.
Mala pata porque siempre pasa lo mismo. Un gol al principio, de cabeza, tras un centro al área chica y donde los zapatos del defensa chileno pisa una chicle antes de (¿intentar?) saltar.
Ningún zaguero iquiqueño brincó. ¿Por qué? El tiro libre (causa del gol) fue penal y el árbitro no lo vio. Eso quedó dando vueltas en la cabeza de todos. Y claro, como el chileno es “justo” y no puede asimilar que -al fin- se le favorece en terreno ajeno, se desconcentra y muere.
Mala pata porque siempre pasa lo mismo. Las dos consignas son claras: Aguantar los primeros quince y no olvidar que en el último minuto el reloj corre más lento. La clave no es más que correr hasta que el árbitro diga lo contrario.
¿Qué pasó? Todo lo contrario. Minuto 46 y el mejor jugador uruguayo (¡el mejor!) está solo, sin marca y con tiempo de pensar donde quiere poner la pelota. Naranjo se asustó y corrió la mirada. El balón se coló suavemente bajo su brazo derecho. Dos a cero y todo lo que se corrió, se jugó e hice ver mal al rival, nadie lo recordará.
Mala pata porque siempre pasa lo mismo. El uruguayo pega (Medina y Núñez) y no sabe jugar fútbol (Scotti y Rolín). A los 18 minutos de juego Rubén Taucare sufrió una agresión. Una que en cualquier cancha del mundo arroja -por lo bajo- una expulsión. En cualquier lugar del mundo mientras no sea Uruguay, dirija un árbitro brasileño (los que más dejan jugar) y la víctima sea un equipo sin renombre internacional. Por cierto, nadie lo va a recordar.
Mala pata porque siempre pasa lo mismo. El gol está por caer, el delantero patea, el balón va a ingresar, la pelota gira, los hinchas levantan los brazos y… Palo. Para variar, de esos palos cuyo rebote hace regresar el balón al área (el corazón se ilusiona otra vez) pero siempre, siempre, cae en los pies del rival. Rodrigo Díaz lo tuvo: fue tubo.
Mala pata porque siempre pasa lo mismo. Justo cuando Iquique comenzó a reaccionar, Rieloff se acordó de jugar y el descuento parecía llegar, el árbitro se lesionó. Sí, se lesionó causa del (mal cuidado) campo de juego. ¿Justo tenía que ser en ese momento? Una contractura en el gemelo no se puede dejar pasar. Pisó mal, mala pata para los chilenos nomás.
Mala pata porque siempre pasa lo mismo. Las estrellas que no brillan siempre encuentran su noche ideal con Chile. Con equipos chilenos. Riquelme, Robinho, Saturnino Cardozo, Messi… Sí, el mismísimo Messi. 16 partidos sin convertir por Argentina. Se cruzó Chile y la mandó a guardar. Lo mismo ahora, la barriga de Recoba. El chino hizo un golazo que, seguramente, no volverá a repetir. La clasificación de Nacional pasó por sus pies. Un jugador de gran calidad, pero que sólo a un chileno pudiera asustar. Lo mismo con Suárez.
Mala pata. No por el resultado ni la eliminación. No por caer nuevamente 4 por 0 en el Estadio Centenario y ver aminorado el fútbol chileno, sino por la forma, la repetida forma de caer. Caer duele, pero más cuando las razones son las mismas que ayer.

ONE COMMENT