Hablar de “generación dorada” dejó de ser solo un lugar común en el vocabulario, para transformarse en una frase de orgullo recurrente en los chilenos. Salta la dicha futbolera con recitar los nombres de Arturo Vidal, Alexis Sánchez, Gary Medel, Mauricio Isla, Claudio Bravo, Charles Aránguiz, Jean Beausejour, Marcelo Díaz, Eduardo Vargas y muchos otros que han integrado en diversos momentos al plantel que ha llevado al seleccionado chileno a tres títulos en tres años.

Nadie ya duda de que sean, como grupo,  la mejor selección de la historia. Pero, ¿los logros obtenidos han sido solo porque tenemos una generación única? ¿Es debido a la clase de estos jugadores que Chile al fin ha obtenido lo que por años se le negó: títulos internacionales y reconocimiento mundial?

La respuesta simplista sería que sí. Pero, para quien suscribe eso no es tan absoluto.

Tierra de campeones con historia

Chile ha sido tierra natal de grandes jugadores a nivel mundial, aún mucho antes de la explosión de estos extraordinarios futbolistas, que hoy aglomera esta “bendita” generación.

Jorge Robledo, de gran paso por la Premier League en los años ’50 del siglo XX, como campeón. Elías Figueroa, ídolo mundial, elegido 3 veces el mejor de américa en época del  Rey Pelé. Carlos Reinoso, triunfador en México mucho antes que las mercantiles del país azteca comenzaran a poblarse de jugadores foráneos. Y ¿qué decir del letal Iván Zamorano en España e Italia? ¿O del talentoso Matador, Marcelo Salas en Argentina y la península romana? Todos éstos son reconocidos miembros de la HISTORIA del futbol mundial. Junto a éstos, en diversas décadas, Chile ha generado muy buenos jugadores que han repartido talento por todo el mundo: Argentina, Brasil, Colombia, México, Perú, Uruguay, algunos de América y España, Francia, Grecia, Inglaterra, Portugal, Suiza, de Europa, son lugares donde llegaron a jugar, fueron aporte y ganaron títulos.

Si se consideran además diversas épocas donde grupos de jugadores han obtenido (en menor resonancia) algunos logros, podemos recordar que:

En los años ’50 Chile llegó a finales en un Panamericano y en dos Copas Américas. En la década siguiente el tercer lugar de la copa del Mundo. Más adelante, dos finales más de Copa América en los ’70 y ’80. Y selecciones juveniles, como la del tercer lugar en el Mundial Sub-17 1993;  el tercer lugar en Mundial Sub-20 2007 y la medalla de bronce Juegos Olímpicos Sidney 2000 (sub23).

¿Qué trato de decir? Que siempre ha habido individualidades o grupos de futbolistas dotados en nuestra Roja. Siempre. En toda década al menos algún grupo ha descollado. Entonces, ¿por qué los triunfos no se lograron? Sería extenso detenerme en el análisis global. Esto es una mesa de tres patas. Una de ellas la de los jugadores. Y tendríamos que hablar de problemas de indisciplina repetidos, falta de compromiso y profesionalismo. Otra, la dirigencial, que para mí es uno de los factores más trascendentes para explicar el fracaso de generaciones pasadas. Pero hoy, solo me centraré en la tercera pata de esa mesa inestable que ha sido el futbol chileno: la más ligada a la cancha, a lo técnico: los entrenadores

No hay buen ejército sin un gran general

Desde mi punto de vista, y habiendo visto fútbol chileno por más de 30 años, puedo decir que la falencia de nuestro balompié no ha sido, el no producir futbolistas de calidad. Claro, no los producimos en la cantidad o calidad que nuestros vecinos del continente, pero, como expliqué en párrafos anteriores, sí hemos tenido buenos grupos de futbolistas. Lo que no ha habido es verdaderos líderes desde la banca técnica. Entrenadores ganadores y potenciadores de los talentos de cada jugador. Por lo contrario, la historia de la Roja está colmada de directores técnicos retrógrados; faltos de ambición en su esquema,  defensivos a morir; que más bien retrajeron a los talentosos y los pospusieron por los luchadores.

Al punto, un ejemplo: La final que Chile disputó frente a Uruguay por Copa América el año 1987. Habiendo hecho un muy buen torneo, aquel grupo de Roberto Rojas, Lizardo Garrido, Fernando Astengo, Jaime Pizarro, Juan Carlos Letelier, Ivo Basay y otros tuvieron al alcance la copa. A decir de muchos expertos, si Chile en el partido final, hubiese salido a hacer el fútbol que mostró en el campeonato y que lo llevó a golear a Brasil y dejar a fuera a la Colombia de Rincón y Valderrama, se habría alzado con la Copa. ¿Qué pasó? El Director Técnico decidió salir a jugarle a los charrúas a “su modo”, con pierna fuerte, lisa y llanamente a golpear. ¿Resultado? Expulsión de Gómez, el central, desarme de estructura, descontrol en la cancha y tras el error de Rojas, un gol bastó para quedarnos, una vez más, mirando a otros celebrar.  Valga acá el acápite para las fallas dirigenciales, de logística y otras, que también atentaron contra la consecución del resultado deseado.

La Copa América realizada en nuestro país 4 años después, es otro ejemplo. Iván Zamorano, Patricio Yañez, Hugo Rubio, Jorge Aravena, junto a otros muy buenos futbolistas, tenían la oportunidad por fin de ganar la copa, jugando ahora de local. ¿Resultado? Fracaso. ¿Razón? La dirección técnica. Un esquema amarrete, un futbol anodino y falto de propuesta agresiva. Chile ni siquiera fue finalista.

Mundial de Francia ’98 y Chile tenía a dos de los mejores delanteros del mundo. Ciertamente el resto del plantel estaba muy por debajo de estas lumbreras, pero se logró clasificar, lo cual, debe considerarse un mérito. Pero en el mundial, no hubo mucho para celebrar, a no ser, como era evidente por el aporte de Zamorano y Salas. De nuevo, la dirección técnica que privilegiaba poner en cancha futbolistas de menor corte y calidad técnica, debido a su laboriosidad y empeño,  además de una propuesta siempre reactiva y poco eficaz, impidió evitar enfrentar a Brasil, a quien se le enfrentó con la idea de que ya se estaba derrotado pero que se había hecho lo suficiente.

Entonces, ¿qué ha sido en realidad el meollo de los fracasos del fútbol chileno? A mi parecer no la falta de generación de futbolistas. Sino, claramente, los entrenadores. Personajes poco atrevidos, faltos de amplitud de cultura táctica. Los no líderes. Limitados y muy conservadores.

Este grupo actual de jugadores, son extraordinarios, quien podría discutirlo. Pero, contaron, quieran verlo o no, con notables aportes de sus directores técnicos. Bielsa, Sampaoli y Pizzi son, qué duda cabe, los mejores entrenadores que, seleccionado alguno de Chile pudo tener. Cabría hacer mención honrosa a Fernando Riera, en su medida y época.

¿Podría nuestra selección, si estos Directores Técnicos no hubieran tomado la Roja, obtener todo lo ganado? No se puede saber. Pero quizá, todo el talento de esta generación de oro, tampoco, como muchas otras veces pasó, hubiera dado el salto definitivo ni el cuasi mágico final que ha alcanzado hoy y que nos tiene a todos emocionados.

Conclusión: Qué necesitamos generar

Con esto, no pretendo restar méritos a los futbolistas maravillosos que tenemos, pero, pongo la atención en que en Chile, estamos muy al debe con la generación de entrenadores de elite. Técnicos que vayan con la vanguardia mundial. El campeonato no evidencia la jerarquía del fútbol chileno a nivel de selección. Y de hecho, a la hora de competir afuera, nuestros entrenadores no son los más exitosos a nivel internacional.

Hay preocupación por qué pasará cuando se acabe el tiempo de esta generación; si habrá recambio. Yo creo que sí lo habrá. Pero el problema real siempre será, quién los tendrá a cargo y quién los dirigirá. He ahí el verdadero quid del cambio de mentalidad tan mentada en la prensa. Es ese el punto de viraje de los futuros logros del fútbol chileno.

Vicente Camus