No siempre la grandes figuras del fútbol deben ser los jugadores de vocación ofensiva o dúctil despliegue, sino que también aquellos que desde las sombras y el dolor emergen con todo su esplendor en situaciones extremadamente críticas, ganándose el cariño de propios y la admiración de ajenos. Ésta es la historia de Manuel Guerrero, un gigante de gran despertar y melancólico semblante.

Manuel Guerrero nació el 12 de Octubre de 1896 en Viña del Mar, aunque sus inicios futbolísticos se produjeron en el club América de Valparaíso, siendo éste puerto su gran amor de toda la vida, posteriormente jugaría en La Cruz, de la misma ciudad, en éste legendario equipo (pionero del fútbol chileno) coincidiría con otro gran jugador de la época: Ulises Poirier, con quién mantendría una estrecha amistad hasta su prematura muerte.

Su convocatoria a la selección chilena se produjo en 1916, con motivo de la celebración de la primera Copa América de la historia. Para hablar de éste punto debemos sopesar algunos factores y contextualizar al lector, mientras en Europa la Primera Guerra Mundial estallaba en llamas, así como los obús y morteros volaban en pedazos a media población, en América se vivían climas festivos con motivo de las celebraciones del centenario de varios países del cono sur, la alegría reinaba en las calles y las personas se agolpaban para vivir éste carnaval deportivo.

Chile fue con lo mejor que tuvo pero nada pudo hacer frente a Uruguay y Argentina, en el caso de los orientales, contaban con el temible Isabelino Gradín, quién además de futbolista era un reconocido atleta y campeón sudamericano, mientras que los argentinos contaban con Alberto Ohaco, quizás, el mejor jugador de la época amateur y uno de los más polifuncionales, por si fuera poco, Brasil, el otro invitado, contaba con el temible Arthur Friedenreich quién, según se dice, es el jugador con más goles anotados en la historia, demasiado para un valiente puñado de jugadores principiantes liderados por nuestro homenajeado.

Los resultados para Chile en aquella edición fueron: 0-4 contra Uruguay, 1-6 contra Argentina y 1-1 contra Brasil, catastróficos resultados que de no ser por Guerrero habrían sido más abultados y cuyas grandes actuaciones le valieron el apodo de “Maestro” por la prensa uruguaya y argentina, además de ser ovacionado tras la goleada sufrida ante los charrúas, por lo demás Guerrero disputaría tres ediciones más del torneo (1917, 1920 y 1922), cosechando sólo dos empates más (ante Argentina en 1920 y Brasil en 1922), siendo el resto de los resultados, brutales goleadas que quedaron maquilladas por las soberbias intervenciones del ágil portero.

Guerrero era la figura del futbolista romántico, alegre, desenfadado, complementaba su brillante carrera futbolística con sus trabajos de mecánico. Se dice que en 1920, Peñarol de Montevideo le ofertó una millonaria suma para contar con su carta, pero Guerrero no quería alejarse de su puerto querido, a pesar de que, según sus palabras, jamás cobró un peso por jugar, incluso en 1927 fue invitado por David Arellano a la recordada Gira Internacional de Colo Colo en 1927 y que cobró la vida del capitán albo en Valladolid y lo primero que hizo, tras volver a Chile, fue regresar a Valparaíso y colgar los guantes cuando apenas contaba con 31 años, a pesar de que era carta segura para los Juegos Olímpicos de Amsterdam en 1928 y para la Copa Mundial de Uruguay en 1930, simplemente el “Maestro” se retiró en silencio desde Santiago para disfrutar de la brisa marina de su amado puerto principal.

Sus últimos años transcurrieron en el anonimato y tranquilidad, compañeros de los cuales tanto gozaba, trabajando como mecánico en Curicó, su nueva casa, nada parecía ir mal en su vida, era una leyenda del fútbol nacional, gozaba de un buen pasar económico y había rehecho su vida con total tranquilidad, sin embargo, en la noche del 18 de Junio de 1947, salió de su casa para cobrar una cuenta, largamente adeudada, a un comerciante local, la única respuesta que encontró fue un disparo que, ésta vez, no pudo atajar, falleciendo así en el Hospital de Curicó con apenas 50 años.

Ésta fue la historia del primer gran ídolo chileno de nuestro fútbol, un arquero que soñó en grande pero que por desgracia no pudo nunca ganar un partido internacional, quizás tras esa terrible derrota frente a Uruguay en 1916, mientras se retiraba cabizbajo, pensaba y añoraba que algún día apareciera una generación que vengase todas esas derrotas obteniendo el tan ansiado título, con esa certeza y una sonrisa en su rostro, movió un poco su frondosa boina y acompañado de esas ilusiones se marchó a Valparaíso, sin saber, que muchos años pasarían para cumplir ese sueño, el camino a la gloria apenas comenzaba a dibujarse y tomaría casi 100 años ser recorrido.