Brasil y Ecuador prometían mucho pero cerraron entre ceros y pifias

Cristóbal Matus

Desde un principio se faltaron el respeto. Al más puro estilo de Muhammad Ali, homenajeado en cancha por su partida, no hubo round de estudio ni una encendida petrolera, no señor.

En el cierre de la primera fecha del grupo B de la CA2016, los de Dunga y Ecuador mostraron bastante más que sus colegas en los partidos de la previa sabatina. Con algo más de ganas y talento que, por ejemplo, Perú o Paraguay, desde el arranque exhibieron intenciones de triunfo. Corría apenas el minuto 9 cuando Casemiro, con la simpleza de siempre, ya mostraba la insignia de su camiseta con peligro en el área rival.

No obstante, a medida que corrían los minutos, el partido dirigido por el chileno Bascuñán se fue diluyendo. El siempre exquisito toqueteo brasileño (toqueteo de la pelota, no se confunda) y los furiosos contragolpes ecuatorianos fueron perdiendo fuerza, merced a unas defensas cerradísimas y muy aplicadas.

Nota aparte las actuaciones de Montero -siempre atractivo en la cancha-, el colchonero Filipe Luis, Coutinho, la dupla de centrales ecuatoriana o el recién mencionado Casemiro, con todo el vuelito que le dejó la orejona recién alzada. Todos ellos destacaron en sus equipos, a pesar de no haber estado especialmente finos.

Fuera de un remate potente de Coutinho a los 18 minutos, del tiro libre de Valencia a los 37 o de esa pelota que se filtraba polémicamente entre las manos jabonosas del portero brasileño, justo despúes de que el línea levantara la banderola, el cotejo más esperado del sábado no cumplió con lo que sus credenciales prometían. Las pifias del cierre se justificaron plenamente y, a pesar de que los dirigidos de Quinteros parecieron conformes, el público sigue sin encantarse con un torneo en el que no parece haber garantía de goles.

La cosa entre Brasil y Ecuador terminó en empate a cero y con la pena de que sin goles no haya fiesta, tal como sin piñata no hay posada.

El recuerdo mundialero en la Centenario

En el Rose Bowl, colosal estadio copero de California, con capacidad para más de 90 mil personas, el recuerdo se tomó la escena cuando, entre uno que otro deja vú, los más memoriosos evocaron un antiguo partido entre amarillos y azules, con Dunga en escena. Claro, es que en el Mundial de 1994, el ahora DT brasileño fue uno de los protagonistas del título planetario del Scratch, en esa final definida a penales frente a Italia.

Aquel coloso, que fuera el notable lugar de la cunita de Bebeto, recibió en la Copa América Centenario a un Brasil mucho menos destellante que aquel de los 90 y carente de figuras como el mismo Dunga -capitán en 1994-, el peligroso Romario o el talentoso Taffarel. Además, esta verdeamarela sufre la ausencia de un Neymar que se quedó guardadito a la espera de su participación en JJOO, único logro aún no alcanzado por la selección brasileña en su historia. Sin embargo, poco se le puede reprochar a un equipo que, si bien no pudo anotar, mostró un funcionamiento más que aceptable frente a un durísimo rival.

Fijo que Dunga dirá lo mismo, ¿no?

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