El alma de un gol: La vida eterna de una anotación

Cristóbal Matus

Lenta y seductora, se desliza a paso corto hasta la entrada. Cruza el umbral entre infinitos testigos y se abandona, confiada, en los brazos inertes de quien se rinde a recibirla entre los firmes nudos y lienzas de su anatomía. La pelota, tan mágica como inocente, se transforma en la esperma que da vida al júbilo y ubica al gol como un ente palpitante más en el planeta.

Es que el gol es un ser vivo. Un ser vivo concebido de una ilusión, fecundado entre paredes, dotado de vida eterna y cuya alma –única en poseer la facultad de penar sólo antes del parto- brota de una garganta desgarrada y un puño en éxtasis y frenesí.

Pero ¿de qué emociones está cargada el alma de un gol? ¿Son siempre sus almas del mismo color? Hay universos de diferencia entre la egolatría de un Cristiano pidiendo calma, la euforia del Tanque Silva al marcar en un amistoso cualquiera, el llanto del Matador al anotar el treinta y cinco, el baile senil de Roger Milla, la soberbia de Éric Cantona mirando uno a uno a los asistentes, la polera voladora de Sánchez en su desvirgue con Barcelona o el río de adrenalina de Bam Bam en un Bernabéu sísmico.

El significado de una anotación suele estar dado por el contexto e historia de los congéneres del goleador. Cuando el esférico cruza la línea de meta, ocurre un acto mágico-comunicativo en el que explotan una serie de emociones y energías y, es ahí, cuando llegamos a una frontera. La frontera de la correcta coherencia entre las letras con las que se escribe el gol y las esperanzas que lee la hinchada en él. Y es que hay pueblos con amplia experiencia en malinterpretaciones. El nuestro, por ejemplo, ha tropezado con su propia inocencia al no haber creído que era capaz pero, tras pelotear palo a palo a ratos contra un grande, se ha alzado sorprendido de sí mismo y se ha liberado con las alas cerradas desde el abismo al que su iluso ego lo elevó. La caída en picada ha atrofiado rendimientos y el control de las expectativas se ha vuelto una lección desaprendida.

En la sedienta alma de un pueblo que nunca ha triunfado en aquello que más lo hace vibrar, no pueden haber sino deseos de romperse en un grito, de romperse en un ardor que lo encumbre todo y que destruya, cual ventanales que sólo nos dejaban ver un paisaje que jamás recorreríamos, todos los malos recuerdos y sueños rotos. En su alma deben bullir deseos de celebrar con la frustración de que el fútbol no les permita hacer más de un gol a la vez, en el afán de rematar, entre sendas y repetidas puñaladas, las pesadillas de sus casi cien años de no haberlo logrado jamás.

Es por eso, por la amplia espera de 99 años, que esta vez debemos saber qué sentir al celebrar. ¿Queremos vibrar con goleadas abultadas en primera fase, que nos suban a la ionósfera, para después caer de manera abrupta? Lo que propongo es un grito que vaya in crecendo, pero no pretendiendo que el 1-0 sea aplaudido parcamente desde el sofá, no. La vara debe partir más arriba. Más arriba del llanto de Medel. Más arriba de un nefasto tatuaje.

La vara de nuestro grito de gol debe partir allí donde nos ha dejado la historia. Debe partir en la testicular frustración de ser el eterno rival que juega bonito pero que es demasiado bondadoso como para arrebatarle a nadie la gloria. Debe partir en la vergüenza de ser quien más ha jugado en esta Copa desde que existe y quien menos en ella ha ganado. Debe partir en el enojo de no querer más goles que entren en la estadística, sino logros que se salgan del historial. De no querer recordar un episodio con el quirúrgico cuidado de no saltarse al siguiente para no llorar.

Estas noches, pase lo que pase en el pasto del Nacional, debemos recordar que una Copa no nos regalará ninguna soberbia. Que tenemos mucho barro que lavar del uniforme antes de sentirnos dignos y que, con esa rabia, debemos gritar cada gol.

Es que ¿podemos alegrarnos UNA VEZ MÁS de ganar sólo partidos?

Preguntémosle a nuestra vitrina vacía, a nuestros anquilosados del 62. Preguntémosle al alma del gol del triunfo en la final, que nos pena desde que existimos, pero que aún no ha nacido ni respirado nada.

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