Chile en dos tiempos

La historia del fútbol chileno, como corresponde, se divide en dos tiempos. Uno que se hizo largo a la vista del hincha, sufrido y lleno de sinsabores; un tiempo de cien años que sólo supo de derrotas categóricas y de triunfos escasos y mayormente morales. Esa primera etapa en la historia de la selección chilena terminó el 4 de julio del 2015, cuando el penal de Alexis Sánchez se coló suavemente en el arco de Argentina, llevando la primera Copa de verdad a las (inseguras) vitrinas de la ANFP. Y hoy, once meses después, la Roja de todos saltó a la cancha para jugar un segundo tiempo que tiene un mucho mejor pronóstico, porque el principal cambio en nuestro plantel es una nueva mentalidad, la convicción de que se le puede ganar a todos. Pero…

Lo que vivió Chile en los primeros minutos del partido contra Argentina por la Copa América Centenario estuvo marcado por esa extraña sensación de jugar con la responsabilidad de llevar en el pecho el escudo de campeón de América. Las vacilaciones, principalmente defensivas, hicieron que el rival tomara el dominio del juego con una abismante diferencia en la concepción de jugadas de peligro. Y es que Chile, jugando con el peso de la copa a cuestas, vio como el equipo del “Tata” Martino se acercaba en cinco oportunidades al arco de Claudio Bravo (partiendo con un cabezazo en el travesaño de Nicolás Gaitán al minuto de juego), mientras solo tuvo la llave del partido con un remate de Sánchez muy bien detenido por Romero y un centro de Beausejour que repelió la defensa en el área chica. En resumen, las transiciones de Di María, Higuaín y Banega tuvieron a Chile sobre las cuerdas tal y como Muhammad Alí tuvo al mundo entero al enterarse de su partida.

La segunda mitad del debut en la Copa del Centenario tuvo un mucho mejor arranque nacional, con cuatro claras llegadas en los primeros cinco minutos. Sin embargo, ese buen comienzo fue borrado de golpe con los desbordes de Ángel Di María y Éver Banega que terminaron con remates rasantes dentro del arco de Chile en los 50 y 59 minutos. Argentina se ponía adelante y sellaba el partido apostando al contragolpe y al descontrol de jugadores que sentían, inocentemente, que no merecían perder y que la culpa la tenía un árbitro uruguayo nublado por la afrenta de la Organización que confundió su himno patrio con el chileno. Tonterías.

El resto fue una lucha contra un frontón sin las ideas necesarias para poder cruzarlo con éxito en cancha y menos desde la banca, que metió tres cambios difíciles de entender. Ingresaron Fabián Orellana (Experto en hacer goles a Argentina ¿?), Mauricio Pinilla, experto definidor (Para un equipo que no crea oportunidades) y “Chapita” Fuenzalida. Sin comentarios, aunque el lateral de Universidad Católica en el último segundo del partido (efectivamente, así fue) puso el descuento para Chile con un cabezazo que aprovechó la mala salida del portero trasandino. Los albicelestes, por su parte, enfriaron como saben hacerlo de sobra, sin dejar que Chile pudiera hilvanar más de cuatro pases seguidos y menos aún acercarse generando algo de riesgo en el área rival. Fue 2 a 1 en el Levi’s Stadium de Santa Clara ante setenta mil personas más preocupadas de llamar a Messi y de la fila para el hot dog del entretiempo.

Vivimos un nuevo traspié en una larga lista que no nos gusta, pero nos resistimos a creer que el segundo tiempo de la historia de Chile será como el primero y así, a la larga, creemos que estos jugadores podrán seguir mostrando a las nuevas generaciones que los triunfos no son cosa de una vez en la vida. Lo que viene es tirar la camiseta en la cancha para cerrar un trámite que solo tendrá como espectadores a bolivianos y panameños. En cuartos de final, lo mejor está por venir.