El de ayer fue un día extraño, jugaba Chile contra el siempre temible Brasil que, por más que venga disminuido, es el pentacampeón y siempre puede pintarle la cara a cualquiera. Pero el ambiente no era el de siempre. No había vendedores de banderas y de cotillón en las calles ni las oficinas del país estaban decoradas como para la pasada Copa América. Los chilenos estamos un par de escalones más arriba y miramos todo en su justa perspectiva. Entendemos que las clasificatorias para una Copa del Mundo son una carrera de largo aliento en la que de nada sirve quemar cartuchos en los primeros 100 metros, ahora entendemos, y es extraño.

A la hora señalada se da el pitazo inicial luego de un emotivo y respetuoso homenaje por los seleccionados que nos dejaron. Eduardo Bonvallet y Óscar Herrera desde arriba tenían asientos reservados para mirar el comienzo de este nuevo camino mundialista.

El primer tiempo del partido fue una buena continuación de lo que vivimos hace más de un año en Belo Horizonte ambas selecciones no pudieron romper un empate hasta llegar a la lamentable tanda de penales de la que no queremos seguir escribiendo. Chile tuvo un par de situaciones claras sobre el final, pero el dominio de la pelota fue de los dirigidos por Dunga. Hasta ahí, partido para vivir con la garganta apretada y al borde del asiento.

Pero como ya se hace costumbre, los partidos se están ganando desde la banca. Al igual que en la final contra Argentina en que el casildense implementó un dibujo táctico digno de quedar escrito en un libro, Jorge Luis Sampaoli patea el tablero a minutos de finalizada la primera parte y hace ingresar a Mark González, con lo que algo de velocidad pudo imprimir por la izquierda arriba y mucha más seguridad por la misma franja en la zona posterior, donde las limitaciones de Beausejour se notan mucho menos.

Chile comenzaba a tomar el control del partido, pero la jugada maestra llego recién a los 63 minutos con el ingreso de Matías Ariel Fernández Fernández. Desde su primer toque de balón generó una actitud que se traspasó a sus compañeros y los llevó a encerrar a Brasil en campo propio, limitándolos tan solo a mirar como la pelota corría de un lado al otro mientras la fría hinchada santiaguina disfrutaba (como pocas veces) con un “Ole” que todavía emociona.

El 14 de los rojos mostró lo que viene entregando en cancha desde hace un buen tiempo en Florencia, donde sólo estuvo en la banca un par de semanas por estar negociando su renovación con el equipo viola (Los italianos son cosa seria). Hoy el chileno se acerca rápidamente y sin mirar atrás al Matías mejor jugador de América, al que pintaba obras de arte al encarar a la defensa rival o al enganchar dejando a todo el estadio mirando para otro lado. El futuro de la Roja campeona de América se ve auspicioso, esta maratón ya comenzó y el paso es firme, seguro y con la frente en alto, como toda la vida en Chile, como hace poco tiempo en el fútbol.