Último gol gana todo

Un buen amigo mío una vez me dijo una frase que cada vez me hace más sentido. Él decía que en el mundo hay dos tipos de niños, unos sueñan con ser bomberos, policías y astronautas y los otros sueñan con ser futbolistas.

Un buen amigo mío una vez me dijo una frase que cada vez me hace más sentido. Él decía que en el mundo hay dos tipos de niños, unos sueñan con ser bomberos, policías y astronautas y los otros sueñan con ser futbolistas, esto es porque unos sueñan con ayudar a la sociedad y los otros sueñan con llenarle el alma.

Crecer pichangueando es un placer que trasciende generaciones y se traslada en el tiempo. No importan los avances tecnológicos, los quinientos canales de la tele o la calefacción central en invierno. Juntarse con los amigos a patear una pelota debe ser uno de los placeres más grandes que puede experimentar un niño. Es la alegría de correr, caerse y compartir en torno a uno de los ritos más sagrados de la amistad.

Cuando era niño, en las afueras de mi barrio, un terrenito con dos arcos venidos a menos era el templo sagrado de la pandilla. Sabíamos que después de almuerzo había que ir con los cortos y las zapatillas rotas, alguien iba a llegar con un balón, eso era seguro, y ahí nos largábamos en un juego que podía durar horas y horas. No importaba el tiempo, las tareas ni tomar once. Estábamos en el éxtasis del fútbol en su faceta más inocente. Era la alegría de jugar.

Se ha puesto de moda el término “amateurismo” gracias a Jorge Sampaoli y la necesidad de explicar la intención que demuestran sus equipos en la cancha. Es la garra, la violencia, la necesidad vital de ganar y dejarlo todo, de que cada gota de sudor que tenemos quede en la camiseta y que si no ganamos, por lo menos dejamos la vida en la cancha para hacerlo. No se me puede ocurrir nada más inocente que eso. No existe nada más parecido al “amateurismo” del que tanto hablan que jugar en una cancha de barro, con una pelota casi sin cascos, los zapatos rotos y lleno de tierra. El cabro que te cae mal está marcándote, le tiras un caño y la metes adentro. Gloria, éxtasis, lágrimas. Si vamos a hablar de amateurismo hagámoslo en serio.

Uno de los trucos más importantes para nunca perder las ganas de vivir, es no olvidarse de las cosas pequeñas, los detalles, los momentos especiales, esos que marcan la diferencia. El fútbol es probablemente la actividad más llena de pedacitos de memoria significativos que se activan en cada uno de forma distinta. Un olor de cuando íbamos a la cancha de pendejos, nuestra primera camiseta, la primera canción que nos aprendimos sobre el tablón y por sobre todo, ese gol que hicimos jugando con los amigos y que, por un día, nos elevó a la categoría de crack mundial.

Sabemos que disfrutamos del fútbol de una forma distinta cuando podemos hablar horas y horas sin parar del tema sin aburrirnos ni redundar en los conceptos. Cuando niños, eso se traducía en jugar todo el día hasta que cayera el sol sin importar el cansancio, el dolor de las patadas ni las calenturas de cancha por un pase mal metido o el gol que te comiste. Amar algo es tener la capacidad de vivir por eso, para eso y de eso y creo que la inocencia del fútbol y como lo veíamos cuando nos matábamos en una canchita con los amigos refleja ese sentir de manera particularmente perfecta.

Perder las ganas de jugar es casi tan terrible como perder las ganas de vivir, si ya no queda nada por que jugar, no tenemos para que seguir jugando. Último gol gana todo y nos vamos para la casa con una sonrisa de oreja a oreja por haber dejado la vida en la cancha a cambio de nada.

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